La burbuja de los tulipanes en la holanda del siglo XVII, o de las lecciones que nunca se aprenden.

La locura de los tulipanes - Jean Gerome Leon (1882)

La especulación con los tulipanes llevó a Holanda a la quiebra en el siglo XVII. Al menos su especulación dio como resultado un paisaje colorido…
Cuadro: “La locura de los tulipanes” – Jean Gerome Leon (1882)

La locura inversionista y especulativa sobre los bulbos de tulipán en la holanda del siglo XVII, provocó una crisis económica y social de dimensiones apocalípticas para la época. ¿Cómo pudo llegar a quebrar un negocio que había hecho millonarios, al menos en teoría, a muchos comerciantes, negociantes, intermediarios y productores holandeses?.

En el siglo XVI Holanda era una auténtica superpotencia comercial. Era, de hecho, el país que más comerciaba con el resto del mundo. El estado intervenía poco y colaboraba, rebajando aranceles, con el comercio. Los holandeses del siglo XVII se hacían ricos exportando todo lo que tuviese un mínimo de demanda, desde vino, hasta armas, pasando, por supuesto, por las flores.

El tulipán, importado del imperio otomano de la mano de Fernando I, a quien le habían regalado unos bulbos,  se había convertido en un bien muy deseado entre los nobles holandeses y franceses. Exhibiendo tulipanes en las fiestas que daban en sus mansiones, los nobles demostraban un estatus muy elevado y un gusto refinado y exquisito. era lo más “cool” y los salones, alos que accederían los invitados, se decoraban con ostentosos jarrones y floreros llenos de tulipanes frescos. era un producto caro y que revelaba un gusto por la sofisticación y un alto poder adquisitivo.

Los tulipanes eran atacados por un virus que lejos de matarlos o dañarlos los convertía en ejemplares aún más deseables. Era el llamado “virus mosaico” y las consecuencias de este virus, que atacaba a los bulbos, consistían en dibujos y arabescos bellísimos en la flor. Cuanto más extraño fuese el dibujo de la planta, más deseada era aquella. Mera cuestión de exclusividad, lo cual hacía que subiera el precio de aquella planta.

Aquellos bulbos, escasos, y por tanto carísimos, eran exportados, mayoritariamente, a Francia, donde el mercado era enorme, y donde los clientes podían llegar a pagar cifras astronómicas por poseer una de aquellas extrañas y exóticas plantas. Los comerciante holandeses llegaron a la rápida conclusión de que aquella moda sería exportada por los franceses al resto de Europa y que por tanto el mercado en el que se iban a disputar las flores y especialmente aquellas cuyos bulbos hubieran sido contaminados con el “virus mosaico”, con lo que las sumas que se podrían llegar a pagar por las flores podrían llegar a romper todos récords. Este era, claramente, el razonamiento. ¿Quién no lo hubiera pensado?

Tenemos sentadas las bases del comienzo del negocio especulativo, oferta -poca- demanda -altísima- dispuesta a pagar -en principio- lo que haga falta por hacerse con un objeto que denota status social. Pero ahora debemos hacer un inciso para no perdernos ninguna parte de la secuencia que nos dará las claves para entender cómo se produjo la crisis de los tulipanes.

Una planta de tulipán se puede obtener bien mediante una semilla, bien mediante un bulbo. El tiempo que tarda en crecer desde una semilla es demasiado largo, pues oscila entre los 7 y los 12 años hasta que veamos un precioso tulipán en nuestro jardín.

Sin embargo, si disponemos de un bulbo, la flor brota muy rápidamente. Y en este caso con un valor añadido: para obtener copias de las plantas con el virus del mosaico deberemos tener el bulbo. Con lo cual, la elección sobre qué comprar, semillas o bulbos, estaba clara. Había que hacerse con bulbos, para poder tener bulbos con el virus y poder reproducir plantas especialmente caras.

Había dos momentos del año en el que se hacían transacciones comerciales con los tulipanes; en primavera, que se vendían al público y en verano, que era la época en la que comerciaban sólo los productores. Al acabar la temporada de la flor, en primavera, daba comienzo la época de comercio con los bulbos. Los bulbos eran arrancados y plantados posteriormente. Pero habían un pequeño, insignificante problema: los bulbos no podían desenterrarse. Al hacerlo estos morían. Así que, ¿cómo puedo comerciar con bulbos que valen una fortuna pero que no puedo desenterrar para entregárselos a mis clientes?. La solución llegó a través de la venta de derechos sobre los bulbos de tulipán, o lo que es lo mismo, se inició un mercado de futuros del tulipán. ¿Interesante y actual, ¿eh?.

El Vagón de los locos de Flora-Hendrik Gerrits Pot (1640)

Este cuadro es una alegoría sobre la locura de los tulipanes. Representa la la diosa de las flores en un carro acompañada de gente bebiendo, pesando dinero y ajenos al destino al que les conduce ese carro, en el que la diosa reparte tulipanes. Los tejedores de Haarlem tiran sus herramientas de trabajo corriendo tras el carro con la intención de subirse a el. Al fonde del cuadro, en un segundo plano, se puede ver el destino del carro: hundido irremisiblemente, en el mar!Cuadro: “El Vagón de los locos de Flora”-Hendrik Gerrits Pot (1640) 

Sigamos. Es, llegado este punto, cuando comienza a formarse una burbuja comercial que traería consecuencias funestas para los holandeses. Un comerciante tiene un bulbo que, para su fortuna, está contaminado con el virus mosaico. Un segundo comerciante le compra al primero el derecho sobre el bulbo. El acuerdo se cerraba, supongamos, en 10 florines (no tengo ni idea a cuánto equivaldrían en Euros de hoy) y abona tan sólo 1 florín, a la espera de que el bulbo haya crecido para abonar el resto, los 9 florines restantes. En este acuerdo no había dinero en efectivo de por medio, sino que se hacía a través de pagarés ante notario.

Mientras se hacían miles de operaciones financieras como esta, el precio de los tulipanes subía y subía sin parar. Era una locura. Todo el mundo se iba a hacer rico. Y muchos agricultores, y profesionales de otros oficios,  dejaban sus dedicaciones para centrarse única y exclusivamente en el cultivo del tulipán. Durante este proceso de subida de precios altamente especulativo, aparecían, entonces, otros compradores a los que se vendían los derechos firmados ante notario. Estaban vendiendo el derecho sobre el futuro tulipán que le habían comprado al primero de los comerciantes. Y así, uno tras otro, incrementando astronómicamente el precio y creando una cadena de pagarés. Así que el segundo comerciante , que lo ha comprado por un valor de 10 florines (ha pagado 1 florín), se lo vende a un tercero por 20 florines por una señal de 2 florines; el tercero lo vende a un cuarto por 30 florines, con una señal de 3 florines, y así sucesivamente…

La rentabilidad sobre los bulbos, que se vendían al comprador final a 50 o 60 florines, eran altísimas. Siempre había alguien dispuesto a pagar más. ¿Para qué iba nadie a trabajar en ninguna otra cosa que no fuera el mercado de los tulipanes si en su trabajo de toda la vida hubiera sido impensable ganar lo que con una sola operación de “futuros sobre tulipanes”?. Uno sería tonto si no viese que aquel era un negocio redondo en el que los vecinos se hacían de oro a velocidades vertiginosas. Todo el mundo quería negociar con los tulipanes. Evidentemente, nadie iba a firmar un contrato sobre uno o dos bulbos. Se hacían transacciones enormes, pues eran contratos en los que se compraban los derechos por una notable cantidad de bulbos. Hay documentados contratos en los que se llegaron a firmar compromisos de pago por valor de más de 100.000 florines. La locura se había desatado en los mercados financieros de Amsterdam. Uno de los casos más sonados es el de un comerciante que avaló un contrato de futuros con 5 hectáreas de tierra por un solo bulbo de tulipán. Para listo, yo, debió pensar.

Pero a comienzos de 1637 llegó el comienzo del fin de la alegría y la riqueza. Las ventas tulipanes no llegaron a ser todo lo abundantes que se esperaba. No está muy claro porqué, pero se barajan múltiples causas. El caso es que no se cumplieron las expectativas. Se creía que algún noble francés estaría dispuesto a pagar lo que se le pidiera por el tulipán, pero no fue así. Y llegó la hecatombe…

Los comerciantes empezaron a demandarse entre si queriendo cobrar lo que se había pactado en los contratos notariales. Y comienza un efecto dominó, en el que el segundo intermediario no le puede pagar al primero de la lista mientras no le pague el tercero; el tercero no le puede pagar al segundo hasta que a el no le pague el cuarto y… así sucesivamente, demanda tras demanda. Una cadena de impagos interminable.

El caos organizado llegó a ser de tal calibre que el gobierno holandés tuvo poner orden y tomar cartas en tan grave asunto que afectaba a toda la economía nacional. Las autoridades declararon que los contratos de bulbos habían sido puro humo, carecían de valor. No había un bien. Sólo había una opción de futuro. El gobierno dictaminó que resultaba un absurdo el obligar a un pago futuro con un precio ridículamente elevado, llegando incluso hasta el absurdo y se convino que se debería abonar tan sólo el 10% del importe pactado. Por lo general el 10% del valor total del contrato se aproximaba bastante al importe abonado en la señal inicial.

En fin, una sucesión de despropósitos a los que se llegó por una ambición desmedida y por haber pensado que siempre habrá alguien que vaya a pagar más que el anterior por un bien cuyo precio ya es alto desde el punto de partida. Si se tensa demasiado, la cuerda termina por romper.

Esto me hace pensar en los miles de pisos y viviendas que se han comprado y revendido en un país llamado España… pero, no tiene nada que ver, ¿o sí?.

Para saber mucho más y mejor:

1 comentario
  1. Muy interesante. Estoy muy interesado en esta temática. De hecho hablo sobre ella en mi blog de descuento de pagares. Un saludo

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