¿Por qué decoramos las tartas de cumpleaños con velas?

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“Cuanto más se envejece más se parece la tarta de cumpleaños a un desfile de antorchas.” Katharine Hepburn

Desde niños nos han acostumbrado al ritual de soplar velas (tantas como años se cumplen) debidamente ordenadas sobre la tarta favorita de l homenajeado. Es en ese momento donde los niños y os adultos se contagian sus respectivas enfermedades tras haber soplado en una o varias ocasiones sobre el pastel, que después se repartirá en raciones, dejando un rastro de virus, bacterias y vete tu a saber qué más. Pero no importa. Es una ocasión festiva y la trata se engulle sin más. Pero, ¿Cuál es el origen de esta tradición?.

El origen de este simpático y festivo ritual viene de la antigüedad. En tiempos remotos, y supongo que en la actualidad el significado es el mismo, un círculo de velas protege a la persona homenajeada de los malos espíritus durante todo un año. Hay que decir que éste fue considerado un ritual pagano por la iglesia católica, con lo que pagana fue durante años la celebración del cumpleaños.

Antiguamente se celebraba el aniversario de la muerte de una persona, pues era considerado un acontecimiento más relevante entre los que le habían sobrevivido. Según se fue incorporando a la tradición occidental la celebración del cumpleaños el rito fue sufriendo cambios sustanciales hasta la época moderna. Por ejemplo, en la antigüedad no se celebraban los cumpleaños de los niños, ni el de las mujeres -algunas estarían encantadas con que siguiese siendo así- y la tarta, en origen una tradición Griega, dejó de ser un elemento de la fiesta durante siglos.

En Egipto y más adelante en Babilonia se registraban los nacimientos de los niños (sólo varones) y se celebran los aniversarios de sus nacimiento. Entre las clases bajas y entre las mujeres no se hacía ningún tipo de celebración, a excepción del cumpleaños de la reina. Las primeras celebraciones de cumpleaños de las que se tienen constancia datan del alrededor del año 3.000 a.C. y fueron las de los primeros faraones, tras la unión del Alto y Bajo Egipto.

Las fiestas de los faraones, como no es difícil de averiguar, consistían en unas fiestas espectaculares en palacio, con sirvientes, esclavos y hombres y mujeres libres. En ocasiones incluso se liberaban a algunos presos de las cárceles reales.

La costumbre egipcia de celebrar los cumpleaños fue más tarde adoptada por los griegos. Los persas, que gozaban de gran prestigio como reposteros, fueron quienes incorporaron a la fiesta la costumbre de la tarta especial para la ocasión. Los adoradores de Artemisa, diosa de la Luna y de la caza, celebraban el cumpleaños de ésta el sexto día de cada mes, preparando una gran tarta a base de harina y miel y se cree que éste pudo haber estado adornado con velas encendidas, puesto que las velas representaban la luz lunar, la irradiación de la diosa hacia la Tierra. Los cumpleaños de las deidades griegas se celebraban con carácter mensual, por lo que cada dios era festejado con doce conmemoraciones al año.

Los cumpleaños de mujeres y niños se consideraban indignos de celebrarse, pero el del cabeza de familia se conmemoraba con un banquete. Los griegos denominaban estos festejos dedicados a los varones vivos Genetblia, y las celebraciones anuales proseguían años después de haber muerto el agasajado, con unas conmemoraciones póstumas conocidas como Genesia.

Los romanos añadieron un nuevo matiz a las celebraciones del cumpleaños. Antes de comenzar la era cristiana, el Senado instauró la costumbre (todavía practicada hoy) de considerar los cumpleaños de los estadistas más importantes como festividades nacionales. En el año 44 a.C., el Senado aprobó una ley por la que el aniversario del asesinato de César se convertía en festividad anual, realzada por un desfile público, una sesión especial de circo, combates de gladiadores, un banquete vespertino y la representación de una obra teatral. Con el ascenso del cristianismo, la tradición de celebrar los cumpleaños cesó por completo. Para los primeros seguidores de Cristo, oprimidos, perseguidos y martirizados por judíos y paganos, y que creían que los niños entraban en este mundo manchadas ya sus almas por el pecado original de Adán, el mundo era un lugar duro y cruel, en el que no había razón para celebrar el cumpleaños de nadie. Sin embargo, puesto que la muerte era la auténtica liberación, el paso al paraíso eterno, el día de la muerte de cualquier persona merecía ser conmemorado con plegarias. Contrariamente a la creencia popular, eran los días de la muerte, y no del nacimiento de los santos, los celebrados y los que se convertían en sus «festividades».

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