La fiebre del oro: no había que rebuscar en el Yukón. La mina está en Nueva York, y no sólo de oro. También hay piedras preciosas.

Raffi Stepanian

El buscador de oro y piedras preciosas, Raffi Stepanian, en una jornada de trabajo.

La fiebre del oro, esa enfermedad que afecta de forma periódica a aventureros de todo el mundo hacia remotos lugares movidos por el afán del enriquecimiento rápido. Uno de los primeros libros que recuerdo haber leído de Jack London fue “La quimera del oro” (1905) trata sobre una de esas fiebres. La narración me producía frío, me hacía sentir nostalgia y mucha compasión por los protagonistas de una historia de avaricia, lucha entre la vida y la muerte y la búsqueda de oro en Alaska, en Klondike, la remota región de Yukón.  Los enormes bosques de coníferas y los ríos congelados, los osos, el frío, la soledad y el asesinato… un alto previo pagaron quienes buscaron la riqueza contagiados por la fiebre del oro. Nadie podía imaginar que se podría practicar la minería en el centro de Nueva York y sin necesidad ni de pico, pala u otra maquinaria pesada. Permítanme presentarles a Raffi Stepanian, el primer minero urbano. De hecho ejerce su profesión en Manhattan.

La desesperación activa en muchos casos resortes que ponen en marcha un mecanismo de supervivencia extraordinarios, agudizando el ingenio hasta límites inimaginables. este es el caso de Raffi Stepanian, un diseñador freelance de piedras preciosas que se percató de un hecho curioso: el distrito de los Diamantes de Manhattan está lleno de astillas de diamantes, rubíes, platino y oro . Estas astillas minúsculas llegan hasta las aceras de forma casual, arrastradas al exterior de los comercios de manera inconsciente por los usuarios de éstos, en zapatos, ropa, manos… y no resultó tan descabellada su idea como podría parecer al principio, pues hasta la fecha ha logrado reunir cerca de 850$ en una semana.

La inversión eh herramientas tampoco es especialmente alta: emplea una espátula de mantequilla, unas pequeñas pinzas y un vaso desechable de poliestireno. Con este equipamiento, mucha paciencia y mucha concentración, haciendo de tripas corazón al recoger barro y basura con sus manos desnudas, filtra lo recogifdo al mejor estilo de los mineros que se hallan en ríos y regiones remotas alejadas de la civilización para extraes el fruto de tan minuciosa tarea.

“El porcentaje de oro que se encuentra ahí fuera, en la calle, es mayor que el que encontraría en una mina. (…) es lo más parecido a un filón por que en la calle estás recogiendo el oro dejado por la industria”

Además, los fragementos que encuentra en ls aceras ya están cortados, seleccionados y procesados, lo cual los convierte en piezas mucho más fáciles de vender que el material que se encontraría en bruto en un a mina.

¡Y pensar que mi madre me quitó a base de cachetes la costumbre de caminar mirando al suelo!

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